La letra pequeña (08-10-14): Ayahuasca, vertidos tóxicos y el Ébola antes de España | Carne Cruda
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La letra pequeña (08-10-14): Ayahuasca, vertidos tóxicos y el Ébola antes de España

En La Letra Pequeña, Juanlu Sánchez, subdirector de eldiario.es, nos descubre pequeñas grandes historias del periodismo que se esconden en los pliegues de los medios. En esta sección hablamos de viajes psicodélicos con ayahuasca, de vertidos de petróleo y de los invisibles del Ébola.

Estamos todo el día siendo críticos con los medios, sobre todo con los medios tradicionales. Y se lo merecen, sí. Pero nos apetece también destacar aquellas cosas que sí nos gustan. Porque a veces tiene mucha más visibilidad el error que el acierto. Y hay periodistas, en medios grandes y pequeños, locales o en revistas, que hacen un periodismo fantástico.

Cuatro abuelas japonesas cantan una canción átona, desafinada, con voces afiladas que salen de sus bocas como espadas. Me cortan en rombos de carne con ellas.

Guy grita: “Espíritu de la ayahuasca; ven a mí”. Otro dice: “¡Voy!”.

Este es un fragmento de un reportaje en la revista digital Playground sobre la ayahuasca. La ayahuasca es un brebaje, una mezcla de hierbas, que provoca una experiencia psicodélica, alucinógena. Bastante intensa.

Ya no hay demás, sólo estoy yo y ese olor a alcohol de romero, esa palpitación en mi vientre. Mi abuela no me mira porque está muerta, cocino en un bol de algas con ojos, un rascacielos surge de una taza de café y un dinosaurio me devuelve el abrazo.

Reviento un grano que contiene una pasta de colores, es una pasta de ideas. Abro un ojo: las chicas están quietas y hablan al oráculo, los chicos bailan en el abismo de un volcán.

En el programa, hablamos con su autora Alba Muñoz. Puedes leer el reportaje aquí.

2. Especial Exxon Valdez, de Eduardo Suárez.

Aquella noche de marzo de 1989 David Janka se las arregló para esquivar los mismos bloques de hielo que unos minutos después harían encallar al ‘Exxon Valdez’. No era la primera vez que David surcaba sin luz las aguas gélidas del estuario del Príncipe Guillermo. Entonces pasaba los inviernos con su esposa y su hija en una cabaña que custodiaba para una empresa turística y cubría los 50 kilómetros que separaban aquella isla del pueblo de Valdez en una barcaza hinchable para comprar provisiones una vez al mes.

Este el principio de un reportaje que se llama ‘La madrugada del vertido’. Lo firma Eduardo Suárez en El Mundo. Reconstruye lo que pasó durante la noche antes de que el barco petrolero Exon Valdez encallara en Alaska. Fue una cosa terrible. Hubo un vertido de 37.000 toneladas de crudo. Este reportaje está dentro de un especial llamado ‘Exxon Valdez, nacimiento de la conciencia ecologista’.

El periodista Eduardo Suárez te cuenta a qué olía el aliento del capitán del barco la noche antes. Te cuenta cuánto había dormido otro de los que estuvo al timón. Y te cuenta que la única persona que dio la voz de alarma, la primera, fue una mujer y que no la escucharon. “Por machismo”, reconoce uno de los testigos.

Luego tienes más patas de la historia. Cómo viven en la zona 25 años después, qué dicen los expertos de cómo ha quedado la zona… Y todo en un especial pensado para Internet.

Es una historia de 1989 escrita desde 2013  y que ha recibido en 2014 el Premio de Nuevo Periodismo de la Fundación García Márquez en la categoría de texto, que se han dado la semana pasada. La guinda paradójica de todo esto es que ese mismo día a Eduardo Suárez lo echaron de El Mundo.

3. Ébola antes de España

Tiene sentido que recordemos que hay más 3.400 muertos en África. Gente que vive entre cientos de infectados, con ciudades enteras donde hay 6 médicos para atender a todo el mundo. Y mientras mucha gente huye, hay gente que corre hacia la zona de peligro. Esos álguienes son periodistas.

Yo sé que a ellos les revienta convertirse en protagonsitas de nada. Pero gente, españoles, como Pepe Naranjo, como Samuel Aranda, como Sylvain Cherkaoui, llevan meses avisándonos de que esto estaba pasando. A veces los medios u otros compañeros desde aquí no sabemos verlo. Pero hay que valorarlo igual que valoramos a los médicos, a los misioneros o a los bomberos que van a zonas en conflicto o desastres humanitarios.

No se están respetando las medidas mínimas de seguridad y hay una alarmante falta de personal. Un círculo vicioso. A más muertes, menos personal y más presión sobre los que quedan, lo que genera nuevos descuidos y más muertes aún. Se trabaja a toda prisa para cerrar las instalaciones y abrir un nuevo centro de aislamiento en el antiguo bloque postoperatorio. Eso, si consiguen convencer a los obreros, electricistas y carpinteros de que no huyan, presionados por sus familias. “Mi mujer me ha dicho que dejo este trabajo o ya no duerme conmigo”, asegura Ismael, un joven trabajador, “pero yo quiero terminar lo que he empezado”. Otros se han ido ya, asustados por la cercanía del ébola.

Es un párrafo de ‘La capital del prohibido tocarse’, un reportaje de Pepe Naranjo en El País.

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