Hay que echarlos | Carne Cruda
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Hay que echarlos

Contaba el excéntrico músico francés, Erik Satie, en sus desternillantes memorias que su médico le había animado a fumar: “Fume, fume usted, si no otra persona lo hará en su lugar”. En esta emergencia social y política a la que nos enfrentamos, con el voto hay que recetar lo mismo: vote, vote usted, si no el votante bipartidista lo hará en su lugar. Puede que votar perjudique seriamente a la salud porque hasta el mejor partido es un mal menor. Puede matar si votas cáncer, lo hemos visto, y sin duda no garantiza la cura. Ni siquiera es el remedio. El remedio es un tratamiento de por vida en todo el cuerpo social, no sólo en la cabeza. Pero si tú no votas para extirpar el tumor cerebral, ellos no van a dejar de hacerlo para que se siga extendiendo. Si los votantes informados e inconformistas no se mueven, se moverá el votante conformista, conservador o desinformado y volverán a ganar los de siempre.

En una sociedad de mercado, embrutecida por medios masivos que controlan las élites, con un modelo representativo, tan oligárquico y plutocrático, tan desigual y tan poco participativo como el nuestro, el voto electoral es un espejismo de democracia. Más bien, es la coartada que permite al sistema apuntalar las desigualdades bajo una falsa apariencia democrática. Creas un votante dócil y le haces creer que es libre y que vota libremente que le esclavicen. Pero peor sería que el disidente no tuviera ni siquiera el resquicio del voto para responder al sistema. Como dice Carlos Taibo, esa respuesta está “en espacios de autonomía, lejos del designio de competir con el sistema”. Pero aunque no se compita con él, creo que se le puede combatir y estas elecciones son una grieta para poner la dinamita.

Bien lo saben los de arriba que trataron de taparla en 2011. Entonces PP, CiU y PSOE (que ahora se arrepiente, dice) crearon el sistema de “voto rogado” para los casi dos millones de emigrados españoles, a los que obligan a un proceloso proceso para “rogar” que les dejen votar, como si fuera una graciosa concesión del Estado no un derecho. El 96% se quedó sin votar en las pasadas europeas y un porcentaje similar lo harán en estas municipales y autonómicas porque con nocturnidad el gobierno cerró el plazo de inscripción 6 meses antes de las elecciones. Alrededor de 1,7 millones de abstenciones. Al menos 700.000 de ellos tuvieron que irse por las políticas de estos políticos. ¡No es un voto rogado, es un voto robado!

En otros momentos de nuestra historia reciente, en el 15M sin ir más lejos, habría tenido sentido el castigo de una abstención masiva como propuso Saramago en Ensayo sobre la lucidez. Hubiera sido un grandioso gesto de desprecio con el que mandarles a paseo. Pero ni éramos ni somos una sociedad con tanta madurez para organizar una disidencia de ese calibre –ni probablemente haya ninguna sociedad preparada para ello-, y entonces no había alternativa con la que sustituirlos. Ahora la hay. Vacilante, defectuosa e improvisada por las prisas, sin duda. Mejorable, también. Pero infinitamente mejor que lo que estamos padeciendo.

En muchos sitios, la izquierda ha vuelto a fallar en ponerse de acuerdo, muchas candidaturas ciudadanas se han enzarzado en las viejas disputas de siempre y otras han sido tomadas por arribistas y rebotados. Pero no solo, también Ciudadanos, que se ha extendido por toda España más rápido aún que Podemos, a golpe de tránsfugas del PP y retales sueltos, algunos de dudosa procedencia. En muchos lugares es para dudar a quién votar o si hacerlo, pero esos titubeos no los tiene el hincha del bipartidismo que les seguirá votando religiosamente aunque le metan goles. Hay que votar para pararlos. Para sacarlos del partido.

Hay que votar y hacer proselitismo para que vote esa gente cuyo espíritu crítico les lleva a no confiar en casi ningún partido. Hay que movilizarlos también. Hay movilizarse, como nunca, para que nuestros amigos, familiares, vecinos, conozcan a los partidos y candidatos más pequeños, esos que no cuentan con los millones de euros de que disponen los grandes para darse a conocer, esos que no pueden empapelar los taxis, los autobuses y las marquesinas con la publicidad que pagamos de nuestro bolsillo. Hay que hacer campaña para reducir esa desigualdad de oportunidades que penaliza a las minorías. La democracia no es el gobierno de las mayorías, la verdadera democracia es la que rescata a las minorías frente a la hegemonía.

Hay que hacer campaña, la campaña que ellos no han hecho, la del debate de ideas, la información veraz, la ilusión y el contagio a través del boca a boca y las redes. Hay que votar por nosotros, nosotras y por los que no pueden votar y les gustaría hacerlo para echar a los que les han echado del país. Hay que votar para que se vayan de una vez. No se van, les echamos. Hay que echarlos.

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