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Cien años de Cospedal

Las palabras, no la cara, son el espejo del alma. La cara siempre la puedes poner de jugador de póquer aunque lleves una escalera de comisiones o un trío de corrupciones. Pero las palabras te delatan -ya sea por lo que esconden o por lo que muestran- y esta semana al Partido Popular le han delatado sus palabras.

En los crímenes, como en el fútbol, a veces solo hay que esperar el fallo del contrario, que el delincuente tenga un desliz y reconozca el delito. Con el PP ha costado casi una legislatura pero esta semana llegó el resbalón cuando a Cospedal las letras le bailaron una jota manchega y dijo que los suyos “han trabajado duro para saquear el país”. Ya conocen ustedes lo que decía Freud del lapsus linguae, que es como si a la conciencia le quitaras el bozal y ladrara lo que realmente te bulle. Sabíamos que nos saquean y sabíamos que lo saben, pero siempre reconforta la confesión, aunque sea sin querer, que es la única forma que conoce el PP de decir la verdad.

El mismo día que la secretaria general hace un striptease integral de pensamiento contra su voluntad, la vicepresidenta tiene otro ataque de sinceridad y llama a la “amnistía fiscal” por su nombre. Por primera vez y, en su caso, conscientemente. Luego se va a la Feria de Abril y se marca un baile para celebrarlo. De golpe, los populares han admitido que han robado y que han ayudado a los ladrones. Vamos mejorando. Teníamos el delito, ahora tenemos las confesiones. Ya solo falta que se entreguen, que entreguen las tarjetas y se disuelvan.

Pues créanme que no está tan lejos si no la disolución, sí el desmoronamiento del PP, al menos de este PP. La repentina sinceridad doble revela más de lo que parece. La de Cospedal es un síntoma del agotamiento y desgaste que están sufriendo y que les lleva a tener tropezones tontos como ése. Mientras que la de Soraya, al ser voluntaria, parece un cambio de estrategia, una forma de desmarcarse del discurso oficial y de empezar a mostrarse como posible candidata que llama a las cosas por su nombre. No como otros.

Hay dos partidos en Génova (además de Esperanza Aguirre que es un partido en sí misma), el de la secretaria general y el de la vicepresidenta y el estallido del caso Rato justo antes de unas elecciones ha precipitado los rumores sobre la lucha entre ambos y la sucesión de Rajoy, que es el novio cadáver. Se dice, incluso, que la filtración es una maniobra interna para provocar el necesario cambio de liderazgo. Lo de Cospedal y Soraya escenifica a esos dos bandos, uno que se hunde y el otro que se quiere salvar echando a la otra parte por la borda.

Al ritmo de escándalos que vamos, parece innegable que el barco tiene más grietas que el pesquero hundido en Canarias y que hay filtraciones incluso desde dentro del partido. No nos habíamos recuperado de lo de Rato y llegó la del marido de la alcaldesa de Cádiz, Teófila Martínez, que presidía una de las Sicav investigadas en el caso y a continuación viene lo de Trillo y Pujalte que cobraron comisiones de 354.000 y 75.000 euros respectivamente, por asesorar a empresas que después adquirieron contratos millonarios de la Junta de Castilla y León. Un mando de Hacienda cercano al PP trató de retrasar la denuncia y fue la tenacidad de un inspector la que ha logrado que aflore. Dos no roban si uno no quiere, un tercero no les deja y un cuarto no les denuncia.

El gobierno, lo han dicho la Cospe y Soraya, no solo no les denuncia sino que les protege y colabora en el saqueo. También esta semana, el director de la Agencia Tributaria fue al Congreso para responder a las preguntas sobre la lista de investigados en la amnistía fiscal y se negó a dar los nombres. Cuando le preguntaron por los datos, respondió, al borde de la risa, que no puede darlos pero que son “la repera patatera”. Otra vez las palabras que les retratan. No se me ocurre expresión más atinada para definir a esta banda que ha saqueado el país: son la repera patatera.

Pero ya les queda menos para perder la sonrisa. Los cien años de Cospedal, de impunidad y saqueo, tocan a su fin, es la crónica de una muerte anunciada. Lo dicen sus palabras. Han trabajado duro para que les saquemos del país.

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