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El entierro del bipartidismo

Tenía aire de entierro el debate sobre el estado de la nación. Entierro de familia, la familia de un lado y la del otro, el tío picado con el sobrino por no sé qué herencia, los convidados de piedra a los que casi nadie hace caso, los panegíricos de rigor tan huecos como la campana del funeral y la prima campechana, esa a la que todo le importa un pito, que se echa a jugar al Candy Crush mientras suenan las paladas de arena sobre el féretro. Los del bipartidismo sabían que esto que tienen se les acaba, que la próxima vez que se vean en otra como esta, ya no estarán tan a solas y por eso forzaban la máquina, exageraban sus muecas y se daban golpes en el pecho como diciendo aquí estoy yo. Pero lo que delataban sus ademanes, su histrionismo, sus pataletas, no era triunfo, era dolor. Si bajabas el volumen y mirabas la pantalla, parecían plañideras retorciendo la cara y haciendo gestos de más. El bipartidismo estira la pata y patalea. Que se les muere el chollo y se muerden los nudillos. Ay, señor.

Antes de ceder el corral tenían que escenificar su última pelea de gallitos. PSOE y PP se atizaron de lo lindo, como los del garrote del cuadro de Goya, con la mano abierta, pim pam bofetada, pim pam bofetón, porque empieza la campaña electoral y ambos oyen el tic tac, tic tac, de la calle que indica que se les acaba el tiempo. La verdad es que Sánchez le puso más energía y aplomo de lo que acostumbra porque tiene que reivindicarse y consiguió sacarnos de la siesta en la que nos había sumido Rajoy y sacar al presidente de sus casillas de gallego impasible. No hay mayor síntoma de debilidad que exagerar tus fuerzas. El exceso delata la carencia. Rajoy boquea y da coces como un animal herido y, si no cae muerto, ya veremos, al menos puede pegarse un costalazo de los buenos.

Algunos venimos repitiendo –por ahora sin mucho éxito– que hace tiempo que Mariano da muestras de haber perdido la paciencia que le hacía inexpugnable. Ya ha tenido que soltar el lastre de dos ministros; él, que odia hasta cambiar una bombilla, y el martes le salió un ramalazo de soberbia castrense que ni parecía él. Parecía un padre echándole la bronca al hijo que le ha salido respondón. Al presidente le pone nervioso la juventud de Pedro Sánchez, que no es Rubalcaba, es de la generación de Iglesias, de Rivera y de Garzón y el pasado aunque le pesa no le mancha; y ahí Rajoy se ve fuera y se siente sucio del hollín de Bárcenas. Por eso le atacó donde más le duele al socialista, mentándole a la bicha de Podemos, y recriminándole que no hiciera más, que también era una forma de pedirle ayuda: “Pedro, esfuérzate, que nos hundimos los dos”. Lo que pasa es que Pedro tampoco da más de sí porque le faltan encuestas y le sobra pasado. Así que ni uno ni otro se llevaron la partida. En eso se aprecia que renquean, que el régimen del 78 dice adiós.

Uno sabe que está en un sepelio porque lo que está más presente son las ausencias y en este debate lo que más han pesado han sido los ausentes. En el autohomenaje lleno de cifras falsas y mentiras que se regaló Rajoy, no estuvieron ni los parados ni los desahuciados ni los enfermos ni todas las víctimas de la crisis ni Cataluña ni la corrupción, a la que el presidente dedicó el mismo tiempo que ha dedicado a combatirla, dos minutos. Pero la ausencia que más pesó fue la de Pablo Iglesias, que incluso fue nombrado por el mismo presidente que se refiere a Bárcenas como “ese señor”. Estaba reconociendo que Podemos es la verdadera oposición, aunque no se olvidó de llamarlo, otra vez, populismo. El bipartidismo estira la pata y da patadas, claro está. Pero cuando las réplicas del exterior, como las que han ofrecido Iglesias y Rivera, tienen el mismo eco que lo que ocurre dentro, es que el Congreso se descose y el debate está fuera. El debate hace tiempo que está más fuera que dentro.

Dentro hubo un funeral con desmayo incluido. De allí solo salió más vivo de lo que entró un Garzón que hizo una autopsia del bipartidismo como en sus mejores tiempos de indignado. No se puede dar por muertos a los dos grandes partidos, ni mucho menos, pero el bipartidismo en la Cámara sí olía a descompuesto. El mejor epitafio para este entierro lo puso el propio presidente: “Ha sido patético”.

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