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El retrato de Rajoy Brey

Veinte años ha tardado Antonio López en terminar un retrato de la Familia Real que parece de hace treinta años. Vamos, que cuando empezó a pintarlo ya estaba pasado de moda una década. Pero además ahora no solo parece obsoleto por el paso del tiempo, sino irreal por el paso de los acontecimientos. Da una imagen de esa familia que no se corresponde con lo que son. No solo porque todos están lógicamente más viejos y ahora el antiguo rey parece un cuadro abstracto, sino porque ya no los vemos como los ha retratado el pintor.

Ya no son esa familia ejemplar, campechana y felizmente despreocupada que aparece en el cuadro, sino una familia desestructurada y rota por sus tropiezos y deslices. Cristina ha sido borrada de los retratos familiares por presunta, Elena es una infanta divorciada, el rey ya no reina, la reina ya no le habla por culpa de sus “amistades entrañables” y el príncipe es rey con la corona abollada por las caídas de su padre y los negocios de su hermana. Si Antonio López no hubiera tardado dos décadas, no habría tenido este error de sincronía, pero ahora al pintor realista le ha salido, paradójicamente, un cuadro surrealista.

Lejos se ha quedado su obra de esos inmisericordes retratos psicológicos de Goya y Velázquez que desnudaron con el pincel las miserias de la familia de Carlos IV y del papa Inocencio X, respectivamente. Antonio López ha optado por un retrato amable que hace 20 años no nos habría parecido tan cortesano como hoy nos parece. Hoy no estamos para hacerle la corte a la realeza regalándole la vista con un cuadro que nos ha costado 300.000 euros del ala. Hace 20 años España se veía a sí misma como la ha pintado Antonio López, eternamente joven y lozana. Pero de un tiempo a esta parte, nos vemos más como las pinturas negras de Goya y la España siniestra de Solana. De un tiempo a esta parte, hemos descubierto que la Transición guardaba un cuadro en el desván que es el retrato de Dorian Gray.

Eso es lo que le ha fallado a Antonio López. No ha pintado la huella que el vicio y la depravación han dejado sobre el rostro del país. Ha pintado el retrato idílico de una Transición modélica que ahora sabemos que no se corresponde con toda la realidad. Pero casualmente el mismo día que el cuadro ha visto la luz, Transparencia Internacional nos ha retratado como realmente somos: el undécimo país de Europa en el que más se percibe la corrupción, a la altura de Polonia, Lituania o Eslovenia, peor que Puerto Rico, Portugal o la Botswana del rey cazador. Y eso que el estudio se hizo antes de la operación Púnica y la operación Madeja, antes de que el juez Ruz acusase a Ana Mato y al Gobierno de enriquecerse con la Gürtel. Si Antonio López quiere hacer un retrato realista, que pinte la sede del PP pagada con dinero ilícito.

Nosotros tenemos a un pintor de brocha gorda al frente del Gobierno que esconde la corrupción a brochazos, que presume de transparencias aunque tiene el partido hecho un cuadro, que presenta medidas de regeneración que ya presentó hace un año, que echa a la ministra de Sanidad y nombra en su lugar a un ministro que defiende la inocencia de Ana Mato y que maniobra en la oscuridad para que Ruz no les siga investigando. El mejor retrato de esta España es la foto de presidiarios de Bárcenas, Matas, Fabra, Blesa y Díaz Ferrán, de Urdangarin y Cristina camino del juzgado, del exmonarca lesionado y de Rajoy en el plasma, pasmado. España es el retrato de Rajoy Brey, un cuadro que se viene abajo por el peso de la pintura con la que tratan de ocultar la corrupción.

Podemos imaginarnos al presidente y al exmonarca delante de la España que han creado repitiendo las palabras que escribió Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray: “No había señales de cambio alguno cuando miró la pintura y sin embargo no quedaba duda de que la expresión se había alterado. De repente pasó por su mente lo que había dicho el día que el cuadro fue terminado. Pronunció un deseo enfermizo de que su rostro en la tela soportara la carga de sus pasiones y pecados y él mantuviera la flor y el encanto de su adolescencia. Era monstruoso sólo pensar en aquello. Y sin embargo, ahí estaba el cuadro frente a él, con un gesto de crueldad en la boca”.

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