ALGO SUCIO, ALGO ELÉCTRICO | Carne Cruda
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ALGO SUCIO, ALGO ELÉCTRICO

Hoy en el Planazo proponemos tres ejemplos de obras sucias, infecciosas y enfermas, el plan perfecto para combinar con cualquier informativo. Hey, al menos en estos casos sabes que al rato la podredumbre se acaba y puedes pasar a otra cosa. Parafraseando a Lagartija Nick, hoy traemos Algo Sucio, Algo Eléctrico.

Planazo enfermo number one; empezamos con cine y elegimos la película más sucia, mugrienta y febril que se me ocurre. Quiero la Cabeza de Alfredo García, obra de Sam Peckinpah de 1974, en la que por una vez el título no engaña. La película trata exactamente de eso, de un tipo, un terrateniente (Emilio Fernández, que ya había trabajado con Peckinpah haciendo de Mapache en Grupo Salvaje) que quiere literalmente la cabeza de Alfredo García, un galán que ha dejado embarazada a su hija adolescente. El protagonista de la trama es uno de los actores fetiche del director, Warren Oates (¡Idolazo!), un antihéroe sin ningún encanto, motivado al principio solo por una recompensa, que se ve envuelto en una espiral de violencia en un mundo cochambroso y malvado, paseando por ahí una cabeza humana envuelta en trapos y rodeada de moscas zumbantes. Sin ser una de las cumbres de Peckinpah se trata de una película vigorosa y enfermiza, no apta para paladares finos. Un sucio planazo.

Sigamos con música, con un disco que evoca toda la suciedad y el lodo del mejor rock australiano. Hoy recomiendo el disco “The Miller’s Daughter” de The Drones, una de las bandas de rock aussie más renombradas y más en forma ¿Cómo definir la música que encontramos en “The Millers Daughter”?. Os propongo un What If; imaginad que de alguna manera Nick Cave era-Birthday Party viaja en el tiempo a Detroit, 1970, y ve a Iggy y los Stooges , coge un cristal y le raja el pecho a Iggy Pop. Entonces Iggy se revuelca por el sucio suelo, se droga, le parten la cara y se pasa tres días por las calles, desnudo. Imaginad esa herida entonces; pues así suena el disco de los Drones. Hediondo, salvaje, delirante y turbio. Guitarras que chirrían –literalmente- y un cantante (Gareth Liddiard) que agoniza y gruñe unas letras brillantes. Disco editado en 2005 por el sello vasco Bang! Munster, en la mejor tradición de rocknroll de las antípodas. The Drones, un planazo para un día de fiebre.

Y para cerrar estos hermosos y vivificantes planazos un libro sobre desesperación, claustrofobia y violencia implícita. Un libro sobre un mal puro, arbitrario y espeluznante. Meridiano de Sangre, de Cormac McCarthy publicada en 1985 y justo anterior a la celebrada trilogía de la Frontera, con la que guarda muy poco en común, no solo temáticamente sino en el estilo. Meridiano de Sangre es puramente descriptiva, la acción se reduce a una expedición en los territorios de Texas de un grupo de soldados en busca de indios a los que masacrar. Se le ha denominado como un western apocalíptico, y no diré yo que no lo es. Pero en la novela todo se reduce a la visión del protagonista, a la figura implacable del Juez Holden, uno de los villanos definitivos desde ya, la determinación en la violencia y el enfrentamiento (o el romance) entre el hombre y el mal. El tono es siempre descarnado, árido y violento, una bofetada en plana cara desde las primeras páginas:

«Encontraron a los exploradores perdidos, cabeza abajo desde las ramas de un árbol de palo verde. Ellos fueron ensartados a través de las cuerdas de sus talones con lanzaderas afilados de madera y colgaron grises y desnudos encima de las cenizas muertas de las brasas donde habían sido asados…».

Si os gustó No es País para Viejos, o La Carretera y tenéis estómago para ir un paso más allá, Meridiano de Sangre es un planazo. Aviso, no es una lectura para echarse unas risas. Es chunga y enrevesada.

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