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Una vecina da la alerta: los edificios no crecen solos

Durante una década crecieron y crecieron ante la admiración de todos. De la noche a la mañana, un cañaveral de cemento surgió de las entrañas de la tierra: adosados silvestres, rascacielos selváticos, edificios naturales que derrotaban las locuras agrícolas de los hombres, los artificios frutales de la civilización. Allí donde antes había un huerto, de pronto brotaba una urbanización; allí donde antes había un bosque, de repente retoñaban cien casas de 20 pisos. La naturaleza reclamaba sus derechos sobre la tierra y la llenaba de plásticos y de ladrillos.
Pero la alegría de la abundancia ha dejado paso hoy a una sorpresa amarga. Los edificios no crecían solos, informa nuestro corresponsal en San Martín del Robledal. La primera en dar la alerta fue Carmen García Fresnedo, vecina de esta pequeña localidad de 200 habitantes donde en marzo de 2003 nacieron entre los robles 10.000 viviendas de 70 m2, con alicatados en cocina y baño, yacuzi y antena parabólica. Una noche a doña Carmen le pareció ver una sombra alada en un andamio y alertó al alcalde. Entonces nadie la creyó. Ayer, sin embargo, se impuso la verdad del modo más trágico: la propia señora García Fresnedo descubrió encerrados dentro de un pañuelo 200.000 ángeles a los que se habían tronchado las alas para que no pudieran huir. La detención de veinte personas ha revelado una gigantesca operación de tráfico de ángeles, con ramificaciones en Europa, Africa y América Latina, que movía más de 3.000 millones de euros anuales. Los ángeles, reconocidos por sus sombras, eran capturados mediante destellos luminosos y trasladados en dedales, píldoras y monederos.
“Desde que Dios no existe”, ha declarado uno de los ángeles liberados, “estamos a meced de los empresarios”.
Los 200.000 ángeles serán contratados por horas en las minas del Congo y en las maquilas de México.

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